La “movilidad” masiva de los cerebros españoles

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Publicado en agosto, 2014. Cambio16

Ser joven no es nada fácil en nuestro país. Estudiar una carrera universitaria ya no garantiza tener un empleo. Tampoco saber tres idiomas, hacer dos másters y asistir a una infinidad de cursos. El 53,1% de la población juvenil está en paro y tiene muy pocas esperanzas de encontrar un puesto de trabajo. La solución para muchos ha sido emigrar y probar suerte en nuestros vecinos europeos, sobre todo a Reino Unido, debido al mayor conocimiento del idioma y a Alemania, gracias a los programas de empleo que ofrece el país

 

Alrededor de 341.000 españoles han emigrado en busca de un empleo entre 2007 y 2013, según los últimos datos publicados por el Instituto de la Juventud. A su vez, las cifras del Instituto Nacional de Estadística señalan que solamente en el año pasado, 79.306 españoles emigraron hacia un destino extranjero. La situación de crisis económica y la escasa posibilidad de encontrar un trabajo bien remunerado les lleva a probar suerte en otros países. Algunos jóvenes consiguen encontrar un puesto relacionado con sus estudios. Otros buscan en hostelería, comercios, como Au Pairs o alternan diferentes ‘minijobs’.

Las situaciones a las que una persona se enfrenta al emigrar son duras:  aprender un idioma que no es el suyo, dejar atrás a amigos y familiares, adaptarse a las costumbres y la forma de vida del país o compartir piso con gente desconocida. Además, no sale barato, ya que requiere una alta suma de gastos que se ven incrementados si la persona no tiene un contrato ya firmado desde España.

Esta “fuga de cerebros” ha sido tratada por el Gobierno como algo positivo para España en constantes ocasiones. En noviembre de 2012, la secretaria de Estado de Inmigración, Marina del Corral, hacía referencia al “impulso aventurero” que tienen los jóvenes como el motivo de su traslado. En abril del año pasado, la ministra de Empleo, Fátima Bañez calificó esta emigración como “movilidad exterior”. En este mes de julio, el director del Instituto de la Juventud, Rubén Sánchez Urosa, hizo la misma referencia.

“La movilidad significa salir un año a estudiar o trabajar porque te interese desarrollar en un sector determinado”, señaló Urosa. Pero, no todos los españoles que salen de nuestras fronteras consiguen un trabajo de lo que han estudiado, las estancias suelen alargarse más de doce meses y esta movilidad no es optativa, sino que los españoles se van del país de manera obligada. Además, mientras se fomenta este tipo de movilidad, las cuantías de las becas Erasmus se han reducido y se han endurecido los requisitos para solicitarlas, impidiendo que muchos universitarios opten a los beneficios de los que Urosa habla.

 “Quería cobrar un sueldo más digno”

Lara, barcelonesa de 23 años de edad, se lanzó a la aventura, dejando atrás a sus padres y amigos. El destino que eligió fue Lugano, en el cantón italiano de Suiza, ya que anteriormente pasó allí un año como estudiante Erasmus. “Me iba a permitir independizarme y cobrar un sueldo más o menos digno”. Así mismo, quería adquirir experiencia internacional en su campo de estudios: Publicidad y Relaciones Públicas. Nada más lejos de la realidad.

En un par de semanas consiguió trabajo en el departamento de atención al cliente de una conocida empresa. “Pensaba que iba a ser temporal y confiaba en encontrar algo de mi campo”, cuenta. Adaptarse al país también le ha resultado difícil, a pesar de haber vivido antes allí. “Lo más duro ha sido acostumbrarme a ser una ciudadana de segunda, que me miren como si fuera alguien de tercera clase que viene a robarles el trabajo”, cuenta. “A veces no quieren cogerte el curriculum solo por el acento o no te quieren alquilar un piso porque eres immigrante y temen que no puedas pagarlo”.

“Me harté de ser becaria”

La situación en Francia es diferente, ya que “están acostumbrados a los inmigrantes”. Así lo explica Rebeca, una joven madrileña que tras terminar sus estudios en Periodismo y realizar un máster, no ha conseguido encontrar un empleo bien remunerado. Decidió salir de España porque “estaba cansada de ser becaria” y se lanzó a probar suerte en Lyon. “Desde que acabé en 2011, solamente he encontrado trabajos de prácticas, con una escasa remuneración -o ninguna- y sin expectativas de ser contratada de manera fija”.

“En un mes ya estaba trabajando, en España no hay nada y Francia te da oportunidades de aquí a Lima”. Ha sido camarera y ahora es dependienta de una tienda de moda. Para trabajar de lo suyo tendría que tener un nivel de francés muy alto. No obstante, conoce mucha gente que trabaja de “lo suyo” y reconoce ser “la más proletaria”. Lo peor es “estar sola y no tener el apoyo de tu familia”. No cree que vuelva a España de momento, ya que al salir “conoces un mundo nuevo”, además no ve oportunidades para ejercer su profesión.

El terrible nivel de inglés de los españoles

Daniel tiene 24 años y es de Madrid. Quería irse fuera desde que comenzó la carrera, debido a su “pobre formación lingüística”. Antes de emigrar a Oxford, en Reino Unido, realizó unas prácticas sin remunerar en un bufete de abogados. En su nuevo país, fue entrevistado por dos empresas, solamente unos escasos días después de repartir su currículum en comercios y restaurantes. Finalmente el elegido fue un restaurante Subway, donde tras ocho meses ha conseguido ser promocionado a supervisor y líder de equipo.

“En Inglaterra todo funciona, no existe el famoso ’venga usted mañana’ tan característico de la burocracia española”, comenta. “Por otra parte la educación de la gente es exquisita, una de las cosas que más admiro de la cultura inglesa y que más choca cuando vuelves a España”. Aunque echa de menos el clima, la vida en la calle y su plan era pasar un año, se ha planteado un cambio de rumbo, ya que le han ofrecido hacer un training con serias opciones de futuro. “A pesar del clima y la pesadumbre que a veces puede emanar Inglaterra, por dentro tiene un halo de optimismo, de seriedad, y sobre todo, de oportunidades”.

“No podía independizarme”

Pilar tampoco ve viable la opción de regresar a Madrid. Hizo una diplomatura en enfermería y después de año y medio se quedó “sin posibilidad de trabajar en lo que había estudiado”. Su única opción era irse al extranjero. No sabía nada de alemán hasta tres meses antes de llegar a Munich, pero durante el año que ha pasado en su nueva ciudad ha alcanzado un nivel B2. Ahora trabaja como enfermera en un hospital concertado. Vive en una residencia, donde hay otros 16 españoles en su misma situación.

Esther es una de ellas, la joven de 29 años decidió dejar España porque no tenia la posibilidad de tener un contrato que le diera la oportunidad de independizarse. La experiencia no ha sido fácil, sobre todo acostumbrarse a la sociedad alemana. Encontró la oportunidad de trabajo de la misma manera que Pilar, a través de una oferta de empleo del paro y el Colegio de enfermeros. Les ofrecían un curso de alemán y un trabajo de lo suyo.

“Una lucha constante por romper barreras y superar prejuicios”

Para Guillermo, Alemania también ha sido su país de destino. El joven de 34 años decidió emigrar a Stuttgart con un contrato indefinido pero ya firmado desde aquí y que le costó tres meses de negociaciones. “La oferta económica tampoco era muy superior a mi salario en España, apenas 25 euros netos más”. Adaptarse al país no fue sencillo. “Pasé grandes decepciones y frustraciones y la distancia con la familia y los amigos y conectar con los nuevos compañeros han sido las grandes piedras en mi camino”. Su novia le acompañó unos meses después.

Cuatro años después, Guillermo disfruta de un empleo como programador informático para una multinacional, donde tiene 31 días de vacaciones, estabilidad y un horario laboral libre. “El salario me está compensando económicamente, pero no me haré rico”. De todas maneras, le gustaría volver a España pero “no a cualquier precio y no a tener un trabajo mal pagado e inestable”.

“Nunca me acostumbraré a cenar a las seis de la tarde”

“No pensé que los cinco meses iniciales se fuesen alargar”, cuenta Elena, establecida desde hace tres años en Bruselas. Licenciada en Periodismo y tras no encontrar trabajo en España -justo cuando decidió irse estaba de  prácticas sin remunerar-, consiguió una beca en las instituciones europeas.

“El mercado laboral en Bruselas se mueve mucho, especialmente en el sector servicios. Sin embargo, para trabajar de cara al público suelen pedir ser bilingüe en francés y flamenco (holandés), además de inglés, por lo que hay muchos puestos de trabajo que, quienes venimos de fuera, no podemos optar a no ser que nos defendamos en los tres idiomas”, explica.

Elena está muy contenta con su nuevo contrato en el departamento de comunicación de un Think tank, pero piensa que nunca se acostumbrará a cenar a las seis de la tarde o a que no haya gente por la calle a partir de las ocho. Ante la posibilidad de volver, duda. “Lo que más miedo me da de volver a España es la inestabilidad laboral que te plantea ahora mismo incluso un contrato indefinido”.

“No hay una red que permita volver”

Y al otro lado del charco, en New México, se encuentra Ernesto, madrileño, de 36 años y doctor en Bioquímica. Estuvo dos años de paro, trabajando gratis y comprendió que no había más opciones que salir fuera. “Los científicos hemos de movernos para aprender, pero la situación en España sólo nos permite salir, no hay una red que permita volver, una red que atraiga a los cerebros que salen”.

Echa de menos la sensación de convivir con otras personas y aunque es algo que considera superficial, también añora bastante la comida. Lo más difícil para él ha sido adaptarse a unas costumbres “tan diferentes” en una sociedad “individualista y de una sociabilidad escasa”. Le gustaría regresar, pero no ve una opción real. Escribe un blog y pertenece al colectivo de Marea Granate, un movimiento transnacional formado por emigrantes de nacionalidad española que lucha contra las causas que han provocado la crisis económica y social que nos ha obligado a emigrar a tantas personas.

 

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